La imaginacion

La imaginacion
lo que puede limitarte unicamente es tu imaginacion, pero ella es tan inmensa como el universo...

lunes, 29 de junio de 2015

Ratón de campo y ratón de ciudad


Érase una vez un ratón que vivía en una humilde madriguera en el campo. Allí, no le hacía falta nada. Tenía una cama de hojas, un cómodo sillón, y flores por todos los lados.
Cuando sentía hambre, el ratón buscaba frutas silvestres, frutos secos y setas, para comer. Además, el ratón tenía una salud de hierro. Por las mañanas, paseaba y corría entre los árboles, y por las tardes, se tumbaba a la sombra de algún árbol, para descansar, o simplemente respirar aire puro. Llevaba una vida muy tranquila y feliz.
Ratón de ciudad
Un día, su primo ratón que vivía en la ciudad, vino a visitarle. El ratón de campo le invitó a comer sopa de hierbas. Pero al ratón de la ciudad, acostumbrado a comer comidas más refinadas, no le gustó.
Y además, no se habituó a la vida de campo. Decía que la vida en el campo era demasiado aburrida y que la vida en la ciudad era más emocionante.
Acabó invitando a su primo a viajar con él a la ciudad para comprobar que allí se vive mejor. El ratón de campo no tenía muchas ganas de ir, pero acabó cediendo ante la insistencia del otro ratón.
Nada más llegar a la ciudad, el ratón de campo pudo sentir que su tranquilidad se acababa. El ajetreo de la gran ciudad le asustaba. Había peligros por todas partes.
Había ruidos de coches, humos, mucho polvo, y un ir y venir intenso de las personas. La madriguera de su primo era muy distinta de la suya, y estaba en el sótano de un gran hotel.
Era muy elegante: había camas con colchones de lana, sillones, finas alfombras, y las paredes eran revestidas. Los armarios rebosaban de quesos, y otras cosas ricas.
En el techo colgaba un oloroso jamón. Cuando los dos ratones se disponían a darse un buen banquete, vieron a un gato que se asomaba husmeando a la puerta de la madriguera.
Los ratones huyeron disparados por un agujerillo. Mientras huía, el ratón de campo pensaba en el campo cuando, de repente, oyó gritos de una mujer que, con una escoba en la mano, intentaba darle en la cabeza con el palo, para matarle.
El ratón, más que asustado y hambriento, volvió a la madriguera, dijo adiós a su primo y decidió volver al campo lo antes que pudo. Los dos se abrazaron y el ratón de campo emprendió el camino de vuelta.
Desde lejos el aroma de queso recién hecho, hizo que se le saltaran las lágrimas, pero eran lágrimas de alegría porque poco faltaba para llegar a su casita. De vuelta a su casa el ratón de campo pensó que jamás cambiaría su paz por un montón de cosas materiales.
FIN

miércoles, 24 de junio de 2015

"El loro sin memoria"


Iker era un niño un poco tímido al que le daba miedo hablar delante de la gente. Fuera del colegio no tenía amigos, aunque él soñaba con tener un grupo de amigos con los que jugar y pasarlo bien, sobretodo en verano. 
Un día paseaba solo por la calle y hacía muchísimo calor, así que se sentó a descansar bajo la sombra de un árbol. De pronto, escuchó un leve quejido y miró arriba. No podía creer lo que veía. Era un pequeño loro, muy bonito y con muchos colores. Pero tenía muy mal aspecto. Parecía que llevaba bastante tiempo perdido y tenía mucha sed.
Apenas se sostenía sobre la rama de aquel árbol, así que no fue difícil cogerlo.
Iker se llevó al loro corriendo a casa y le dio agua y algo de comida. El lorito revivió enseguida nada más beber agua.
En poco tiempo se hicieron muy amigos e Iker encontró alguien con quien hablar. Le contaba muchas cosas, así que el loro pronto comenzó a aprender y repetir las palabras que escuchaba. 
Pero, el lorito tenía un problema y es que tenía muy poca memoria. Si alguien decía algo, él sólo recordaba la primera palabra y la última. Y ocurrió que una mañana la mamá de Iker dijo:
-"Péinate con cuidado Iker, o te quedarás calvo".
Poco después, el papá de Iker pasó cerca del loro y éste le dijo:
-"Péinate calvo." 
El papá se enfadó con el lorito, porque creyó que se burlaba de su problema de calvicie.
Otro día, mamá le dijo a Iker :
-"Cuidado con esa silla que está muy vieja".
Luego pasó cerca del lorito la abuelita de Iker y el loro dijo:
-"Cuidado vieja".
La abuelita también se enfadó con el loro porque no le gustaba que la llamaran vieja y porque al decirle "cuidado", la abuelita se asustó y casi se cae.
Al día siguiente, el papá de Iker revisaba las facturas de la casa y dijo
-"¡Qué caro está todo! Llegaremos a fin de mes por los pelos."
La hermana mayor de Iker, muy coqueta, pasó cerca del loro. Había pasado horas peinándose para estar muy guapa para un baile, cuando el lorito le dijo:
-"¡Qué pelos!"
La hermana de Iker se enfadó mucho con el loro por decir eso de su peinado y se fue a peinarse otra vez.
Otro día, después de encontrarse con el perro de la vecina, la mamá de Iker dijo
-" Qué perro más sucio. Seguro que tiene alguna pulga."
Pasó entonces por ahí la hermana pequeña de Iker, que estaba muy contenta porque mamá le había dicho que estaba creciendo mucho. El lorito le dijo:
-"Qué pulga."
La hermanita de Iker se enfadó también con el loro.
Como todos se enfadaban, pronto le pusieron de nombre Bocazas.
Iker era el único que entendía y quería a Bocazas. Como en casa todos se enfadaban con él, Iker comenzó a sacarlo a pasear.
Un día fueron al parque y unos niños estaban jugando al fútbol. A Iker le apetecía mucho jugar con ellos al fútbol, pero como era muy tímido prefirió marcharse diciéndole a Bocazas:
-"Eres un loro y no puedo jugar al fútbol contigo. Además, yo soy muy torpe."
Entonces, Bocazas gritó:
-"Eres torpe."
El niño que tenía el balón en ese momento creyó que el loro le decía a él y todos los demás niños se empezaron a reír. 
Iker pensó que por culpa de la poca memoria de Bocazas, ahora se había metido en un lío con esos niños. Pero no fue así, porque el niño que llevaba el balón también comenzó a reírse a carcajadas por lo que le había dicho el loro. 
A esos niños, al igual que a Iker, Bocazas les parecía un loro de lo más gracioso y simpático. 
Iker y los niños se hicieron muy amigos gracias a Bocazas, que le ayudó a vencer su timidez y le dio confianza para ser él mismo. Y Bocazas encontró unos amigos que se reían mucho y sabían aceptar las bromas y reírse de sí mismos de vez en cuando.

-Eva Cano Fortuna-

martes, 23 de junio de 2015

La princesa y el guisante:


   Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero con una verdadera princesa de sangre real. Viajó por todo el mundo buscando una, pero era muy difícil encontrarla, mucho más difícil de lo que había supuesto.
   Las princesas abundaban, pero no era sencillo averiguar si eran de sangre real. Siempre acababa descubriendo en ellas algo que le demostraba que en realidad no lo eran, y el príncipe volvió a su país muy triste por no haber encontrado una verdadera princesa real.
   Una noche, estando en su castillo, se desencadenó una terrible tormenta: llovía muchísimo, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos sonaban muy fuerte. De pronto, se oyó que alguien llamaba a la puerta:
   -¡ Toc, toc!
   La familia no entendía quién podía estar a la intemperie en semejante noche de tormenta y fueron a abrir la puerta.
   -¿ Quién es? - preguntó el padre del príncipe.
   - Soy la princesa del reino de Safi - contestó una voz débil y cansada. - Me he perdido en la oscuridad y no sé regresar a donde estaba.
   Le abrieron la puerta y se encontraron con una hermosa joven:
   - Pero ¡Dios mío! ¡Qué aspecto tienes!
   La lluvia chorreaba por sus ropas y cabellos. El agua salía de sus zapatos como si de una fuente se tratase. Tenía frío y tiritaba.
   En el castillo le dieron ropa seca y la invitaron a cenar. Poco a poco entró en calor al lado de la chimenea.
   La reina quería averiguar si la joven era una princesa de verdad.
   "Ya sé lo que haré - pensó -. Colocaré un guisante debajo de los muchos edredones y colchones que hay en la cama para ver si lo nota. Si no se da cuenta no será una verdadera princesa. Así podremos demostrar su sensibilidad".
   Al llegar la noche, la reina colocó un guisante bajo los colchones y después se fue a dormir.
   A la mañana siguiente, el príncipe preguntó:
   -¿Qué tal has dormido, joven princesa?
   - ¡Oh! Terriblemente mal - contestó -. No he dormido en toda la noche. No comprendo qué tenía la cama; Dios sabe lo que sería. Tengo el cuerpo lleno de cardenales. ¡Ha sido horrible!
   - Entonces, ¡eres una verdadera princesa! Porque a pesar de los muchos colchones y edredones, has sentido la molestia del guisante. ¡Sólo una verdadera princesa podía ser tan sensible!
   El príncipe se casó con ella porque estaba seguro de que era una verdadera princesa. Después de tanto tiempo, al final encontró lo que quería.
   Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

   
Andersen (Adaptación)

sábado, 20 de junio de 2015

El soldadito de plomo
   Había una vez veinticinco soldados de plomo con un bonito uniforme azul y rojo y un fusil al hombro. Vivían metidos en una caja de madera y se aburrían un poco. Un día oyeron una voz de niño que decía:
   - ¡Hala! ¡Soldados de plomo!
   Era la voz de Carlos, quien había recibido los soldados como regalo de Navidad. Enseguida los sacó de la caja. Todos eran exactamente iguales menos uno, que, aunque sólo tenía una pierna, se mantenía firme como los demás.
   A su lado también había más regalos, pero muy pronto el soldado de plomo se fijó en una bailarina que levantaba con gracia un pie para dar a entender que estaba bailando.
   "También le falta una pierna, como a mi. Es la mujer que me conviene - pensó el soldadito de plomo -. La quiero conocer, ¡es tan guapa!"
   El soldadito estaba detrás de una caja sorpresa desde donde podía contemplar a la bailarina. Al llegar la noche, Carlos guardó todos los soldaditos excepto a él, porque no lo vio. Y, aprovechando que toda la familia dormía, los juguetes empezaron a divertirse.
   De la caja sorpresa salió un muñeco verde que, al ver al soldado mirar a la bailarina, le dijo:
   - Soldadito de plomo, ¿por qué en vez de mirar a la bailarina no miras el tipo que tienes?
   Pero el soldadito no hizo caso y siguió mirando a la bailarina.
   - Bueno, bueno, ya verás mañana - dijo el malvado muñeco.
   Al día siguiente Carlos puso el soldadito en la ventana. No se sabe bien si por el viento o porque el muñeco de la caja- sorpresa cerró la ventana, el soldadito cayó a la calle.
   - Mira, un soldado de plomo - dijo un niño que pasaba por la calle.
   - Le haremos navegar - dijo su amigo -. Le meteremos en una barca.
   Y dicho esto, hicieron un
barquito de papel en el que metieron al soldado, luego empujaron el barco y el soldadito se alejó por las aguas de un arroyo que se había formado por la lluvia.

   "¡Dios mío! ¿Adónde iré a parar? - pensaba el soldadito -. La culpa de todo la tiene el muñeco verde de la caja sorpresa. Estoy seguro de que si estuviera a mi lado la hermosa bailarina no me importaría estar aquí."
   El barco cada vez tenía más agua y se hundía más, porque era de papel. Al final le cubrió la cabeza al soldadito. Pensó que sería su final y sólo se acordaba de la bella bailarina que tampoco tiempo pudo ver. Creía haberla perdido para siempre. Poco poco, se fue hundiendo hasta el fondo del arroyo. Allí se lo tragó un gran pez que pasaba en ese momento.
   Durante un largo tiempo, se quedó a oscuras y en silencio. No sabía donde estaba, aunque tenía la esperanza de que alguien pescase el pez y lo rescataran. Estaba dormido cuando de pronto oyó una voz que le sonaba familiar:
   - ¡Oh, mirad quién está aquí! ¡Es mi soldadito de plomo!
   Era la voz de Carlos. El soldadito no se lo podía creer. ¿Cómo habría llegado hasta allí? La cocinera de Carlos había comprado el pez a un pescador.
   Enseguida el soldado se dio cuenta de que estaban sus amigos y su querida bailarina. Su fortuna no duró mucho tiempo, ya que una ráfaga de viento hizo caer de nuevo al soldadito, esta vez a la chimenea, mientras se derretía, vio a su lado a su querida bailarina, que debió caer con él.
   Nada más se supo del soldado y de la bailarina. Al limpiar la chimenea a la mañana siguiente, se encontraron un corazón de plomo y una rosa de lentejuelas. Era la señal de amor que había quedado entre el soldado y la bailarina.                      (Adaptación del cuento de Andersen)

Canción Del Jacarandá


Al este y al oeste 
llueve y lloverá 
una flor y otra flor celeste 
del jacarandá. 

La vieja está en la cueva 
pero ya saldrá 
para ver que bonito nieva 
del jacarandá. 

Se ríen las ardillas, 
ja jajá jajá, 
porque el viento le hace cosquillas 
al jacarandá.00

El cielo en la vereda 
dibujando está 
con espuma y papel de seda 
del jacarandá. 

El viento como un brujo 
vino por acá. 
Con su cola barrió el dibujo 
del jacarandá. 

Si pasa por la escuela, 
los chicos, quizá, 
se pondrán una escarapela 
del jacarandá.    

                                                                                      Maria Elena Walsh

sábado, 13 de junio de 2015


Poniéndole el cascabel al gato
Desde hacía mucho tiempo, los ratones que vivían en la cocina del granjero no tenían qué comer. Cada vez que asomaban la cabeza fuera de la cueva, el enorme gato gris se abalanzaba sobre ellos. Por fin, se sintieron demasiado asustados para aventurarse a salir, ni aun en busca de alimento, y su situación se hizo lamentable. Estaban flaquísimos y con la piel colgándoles sobre las costillas. El hambre iba a acabar con ellos. Había que hacer algo. Y convocaron una conferencia para decidir qué harían.
Se pronunciaron muchos discursos, pero la mayoría de ellos sólo fueron lamentos y acusaciones contra el gato, en vez de ofrecer soluciones al problema. Por fin, uno de les ratones más jóvenes propuso un brillante plan.
Colguemos un cascabel al cuello del gato -sugirió, meneando con excitación la cola-. Su sonido delatará su presencia y nos dará tiempo de ponernos a cubierto.
Los demás ratones vitorearon a su compañero, porque se trataba, a todas luces, de una idea excelente. Se sometió a votación y se decidió, por unanimidad, que eso sería lo que se haría. Pero cuando se hubo extinguido el estrépito de los aplausos, habló el más viejo de los ratones, y por ser más viejo que todos los demás, sus opiniones se escuchaban siempre con respeto.
El plan es excelente -dijo-. Y me enorgullece pensar que se le ha ocurrido a este joven amigo que está aquí presente.
Al oírlo, el ratón joven frunció la nariz y se rascó la oreja, con aire confuso.
Pero… -continuó el ratón viejo-, ¿quién será el encargado de ponerle el cascabel al gato?

Al oír esto, los ratoncitos se quedaron repentinamente callados, muy callados, porque no podían contestar a aquella pregunta. Y corrieron de nuevo a sus cuevas-, hambrientos y tristes.
CUENTO ATRAPA SUEÑOS (por Jorge Enrique Peredo)
Melchor caminaba bajo la floresta y hacia crujir con sus botas la alfombra de hojas cobrizas. Se deleitaba con la fragancia otoñal que flotaba en el aire, y con la dulce voz del viento. Se dirigía al río para pescar un poco, más aprovechó para dar un pequeño paseo.
Estaba tan embelesado que no sé dio cuenta de la caída de la noche, repentinamente los árboles se pintaron de gris y el cielo de negro, los ojos de los búhos se encendieron como linternas en los huecos de los árboles, y lo peor de todo fueron los aullidos que estallaron en las cercanas montañas... Un ruido se escuchó entre la maleza, Melchor empuñó su arco tensando los músculos, listo para luchar y de ser necesario morir, una pequeña ardilla salió corriendo asustada para luego trepar a un árbol y esconderse. Melchor rió y suspiró... Pero el alivio fue efímero, porque se dio cuenta de que no sabía donde estaba, ciertamente sus pies no habían estado nunca antes sobre aquellos suelos...
Era como si estuviera en una caverna y notó con asombro que estaba rodeado por viejas ruinas; torres y templos de una era ya olvidada, todo cubierto por el musgo negro, viscoso, feo, como todo el paisaje.
Algo le dijo que el terror apenas comenzaba así que sacó una flecha del carcaj y la puso en la cuerda, que brillaba como un rayo de luna. La tierra retumbó, los árboles se movieron como sacudidos por una tormenta, y el supo que el mal estaba cerca, que había caído en la zona prohibida del bosque, la cuál solo despertaba en las horas sombrías.
Temblando decidió que fuese lo que fuese aquello que se abría paso entre los árboles, estaba más allá de sus capacidades, así que se echó a correr, con todas sus fuerzas, sin dirección alguna hacia lugares mas profundos y más terribles...
No supo cuánto corrió, pero hubo un momento en que sus piernas estaban sumergidas y sus pies se movían entre guijarros, y pisaban algas resbaladizas y se fue de bruces... Cuándo levantó la vista se dio cuenta que intentaba cruzar un río y que en las dos orillas lo esperaban sombras vivientes, que se movían de un lado a otro y crecían o se hacían pequeñas, también despedían alguna clase de resplandor, pero no como la luz del sol, o la de los ojos de un enamorado, sino que parecía devorar los contornos de las cosas, volviéndolas más negras.
Melchor nunca pensó que una maldad tan intensa estuviera creciendo en su mundo, eso era imposible. Para el solo existía el verde y la luz blanca filtrándose a través de las hojas, la cacería y el tener que lidiar de vez en cuándo con los lobos. Más el nunca supo, ni quiso saber que había más allá, en que consistía el equilibrio, ni la lucha de fuerzas que se daba allá afuera.
Los seres, se fueron acercando hacia el desde las dos orillas, caminando sobre las aguas como si fuera cosa de todos los días. Armándose de valor sacó su arco y preparó una flecha, la dejó volar como un ave, pero en cuánto toco la materia de uno ellos se convirtió en cenizas, nunca renació.
- Por que ha caído sobre mí esta maldición!!! - Gritó al cielo - Que he hecho para merecer esto?! Oh gran espíritu, si es que hay alguno!... Sálvame!
Y como respondiendo a su plegaria una luz azul-plateada como la de mil estrellas, estalló sobre ellos, matando a los enemigos que eran tocados por ella.
En el centro de la opalescencia flotaba un ser perfecto, parecida a una mujer, pero más hermosa que cualquier doncella... Su piel era pálida como el principio y sus ojos negros como el fin, sus cabellos eran de fuego... Sus cuerpo era frágil como el tallo de una rosa.
- Vete, vete! - Dijo con una voz tan dulce como el amanecer, profunda como el crepúsculo. - Corre antes de que el llegue! Y ustedes, alimañas detestables, regresen a sus madrigueras putrefactas, antes de que me decida a acabar con todas ustedes... Y quiero que sepan que el está bajo mi protección y si se meten con él sufrirán. - Las formas desaparecieron en las tinieblas... - Entonces se volvió hacia él, vete, vete antes de que el venga...
- No, ven conmigo - Dijo el entre lágrimas - Acompáñame a mi cabaña lejos de este sitial del horror... Ámame que yo te amaré... Seré tu esclavo, besare tus manos, tus pies y tu boca si me dejas...
- Que más no quisiera que abandonar esta prisión de desesperanza... Pero no puedo por que mis súbditos han dejado de soñar conmigo, ni piensan en mí, ni si quiera me nombran... Me han olvidado... Por esto la pesadilla crece. Por fin me ha atrapado. Pronto se tragará todo. Ya no quedará un solo reflejo, ni un solo pensamiento dulce... Todo será un reino gris, donde dominarán ellos, ya nada puedo hacer, nada, a menos que...
- Que! Que!
- Que alguien tenga los sueños mas puros... Los atrape y me los dé... Sueños que hablen del bien y de todo aquello que desagradé a la pesadilla... Que estén hechos de mi esencia. Solo así podré romper las cadenas invisibles que me atan. Pero eso es imposible.
- No, no lo es! - Gritó Melchor, con resolución. - En ese momento se escuchó un rugido que estaba en todas partes, también se sintió un frío sobrenatural, que crecía junto con la voz diabólica.
- Corre! - Dijo ella. - El obedeció.
Ni siquiera supo que camino tomó, simplemente corrió y corrió, movido por el miedo y a la vez por el deseo, tampoco supo durante cuánto tiempo, pero pronto estuvo dentro de su reconfortante cabaña, sentado frente a una mesa con las manos temblorosas entrelazadas y la mente lejos en el pasado remoto con sus antepasados danzando alrededor de una hoguera. En los tiempos en los que todos estaban en comunión con ella, con el espíritu floreste. Los de su tribu hablaban con ella todas las noches, aprendiendo la naturaleza de los sueños, como estos son el humus de la vida y las pesadillas encarnan todo lo malo del hombre.
Aquellos días resplandecientes en que los hombres no necesitaban más protección que la de las copas de los árboles, ni más vestido que unas cuántas plumas de águila en su cabeza, cuándo aún eran muchos...
También su sangre le contó la forma en que sus antepasados aprendieron a atrapar los sueños para dárselos a ella en tributo... Esto lo hizo sentir una gran alegría que llenaba de calor todos sus miembros... Pero, esto no duró mucho, porque también vio como la Pesadilla calló sobre los suyos tentándolos, engañándolos...
Así los hombres empezaron a crear cuchillos para matarse entre ellos, arcos y flechas para matar y hachas para cortar madera para construirse casas y hacer fuegos más grandes.
Así el corazón de ella, fue embargado por la tristeza y los hombres perdieron su protección.
Los lobos percibiendo el olor de la carne desesperanzada viajaron desde muy lejos y diezmaron a la tribu... Matando a muchos e inyectando un veneno en los demás ya que eran sirvientes de la Pesadilla la cuál lo había planeado todo a la perfección... Ahora ella, el espíritu floreste, se sentiría culpable y poco a poco perdería su poder.
Melchor también pudo ver como el veneno de los lobos hizo que los niños nacieran muertos o deformes y que solo unos pocos lograran sobrevivir, siendo cada vez menos los nacidos a lo largo de los años, hasta que solo quedó él...
- Nooooo! - Aulló - No puede ser que ese ser tan perfecto... Haya caído por los de mi raza... No puede ser que todo lo que hay a mi alrededor vaya a sucumbir a causa de mi sangre... Debo, si yo Melchor Ojo de Tormenta, siendo el último de la tribu de los Orlos debo vengar los errores del pasado... Y así poder conocer por fin los labios de lo que se llama una mujer, y disfrutar de este sentimiento que descubrí hoy el cuál creo es el amor... Ámame, que yo te amaré!
Así que Melchor salió y recogió algo de luz de luna de antes del amanecer en un frasco y la entretejió con las estrellas que se reflejan en los charcos de agua e hizo con ellas un circulo y una red radiantes a los que colgó unas raíces incrustadas de semillas... Construyendo un atrapa sueños tal como fue instruido por su visión... Lo colocó sobre su lecho y se pasó los días y las noches durmiendo sin apenas probar bocado.
Desde el alba hasta el alba permanecía en su cama, con los ojos cerrados, a un lado tenía una mesita con algunas provisiones, cuando despertaba y sentía hambre solo estiraba la mano tomaba una porción de lo primero que hallara y bebía un trago de vino, inmediatamente después regresaba al mundo onírico.
Esa segunda vida que eligió, era como un inmenso y tortuoso laberinto, en el cuál se perdía una y otra vez cayendo en pozos nebulosos repletos de terrores nocturnos. Siendo todo esto obra de La Pesadilla que metía sus tentáculos confundiéndolo todo, ya que sabía que su dominio estaba en peligro.
Más Melchor no se dejaba atemorizar ni era enganchado por tan viles trampas.
Por fin en una de las tantas torceduras del laberinto encontró lo que buscaba, lo supo al instante... Entonces tomó el atrapa sueños que de alguna forma siempre estaba con él y dejó que la visión entrará en el y llenara de reflejos los hilos que lo formaban.

En ese instante apareció en medio del bosque tambaleándose, no era de noche pero no había luz... El sol era una mancha roja que apenas se vislumbraba a través de la niebla que lo envolvía todo... Los árboles estaban torcidos y negros y aunque ya debería ser invierno no había nieve, solo un montón de ceniza negra, en el suelo en el aire, en las hojas... Hacía frío un frío no natural que helaba el espíritu..
De inmediato Melchor supo donde estaba, pero también tuvo la certeza de que todo el bosque se hallaba en el mismo estado... Gritó lleno de rabia al cielo oscuro que se confundía con la negrura de la tierra. Temiendo que fuera demasiado tarde.
- Maldigo la hora en que fuiste creada, Pesadilla!. - La tierra tembló, el cielo se lleno de estrías luminosas, los árboles se torcieron y gimieron... Un rugido estremecedor surgió de la nada.
- Maldice todo lo que se te antoje mortal... Pero tu y la cosa infecta a la que llamas vida... Ya no existirá.! La doncella que le daba balance a muerto... Perdió las esperanzas porque todas sus criaturas la olvidaron... Y me adoraron sin saberlo... Ahora tu eres el último... Me sorprende porque tu estúpida raza fue la primera en caer... Pero si lo deseas puedes unirte a mí y gobernar en este nuevo mundo! - Melchor empezó a llorar y las lágrimas fueron formando charcos grises a sus pies, pero entonces se escuchó un ligero gemido, como el de alguien que se resiste a morir... Allí entre los arbustos siendo apenas una imagen translúcida estaba aquella por quien pasara tantas penas. Ignorando la voz se puso de rodillas junto a ella, y dejó el sueño en libertad para que ella pudiera entrar en el:
Allí estaba la doncella, más hermosa y más imponente que nunca, vestida de blanco como una novia, con sus cabellos dándole luz al bosque, y sus manos sembrando nuevas semillas. Las flores crecían a sus pies y los ruiseñores la seguían volando y cantándole sus mejores sones... Tras ella iba Melchor, ocultándose entre los árboles, admirándola y besando cada flor que surgía a su paso... Así ella no solo conoció el sueño más puro sino también el amor de un hombre, que puede ser mas fuerte que los mismos poderes de la creación.
Así despertó, toda luz, toda majestad.
La Pesadilla apareció frente a ella, tal como era: Una sombra alada, enorme, con grandes ojos plateados... Lo peor es que eran carentes de vida y era como ser visto por un cadáver.
Así que ambos se miraron fijamente, estuvieron así durante horas, midiendo sus fuerzas.
La pesadilla bombardeaba su ponzoña, intentando debilitarla, sumirla en la tristeza y el odio, pero no lo logró... Sintió como el control se le iba de las manos, las nubes se fueron abriendo como cortinas, los árboles se enderezaron, la ceniza se blanqueó.
Cada vez fue haciéndose más pequeña hasta que dió un alarido y desapareció.
Melchor sintió que la felicidad lo poseía... Pero también el dolor porque supo que desde que todo comenzara habían pasado ya muchos otoños e inviernos, muchos... Que su piel estaba arrugada y que su corazón se había encogido debilitándose. Cayó de espaldas sobre la nieve, pero antes de exhalar su último aliento pudo ver como ella corría a su lado y le decía:
- Te amo, ámame...

FIN
Caperucita Roja de Roal Dalh


Estando una mañana haciendo el bobo
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
“¿Puedo pasar, Señora?”, preguntó.
la pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: “¡Este me come de un bocado!”
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
“Sigo teniendo un hambre aterradora…
¡Tendré que merendarme otra señora!”
Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
“¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!”
que aquí llamaba al Bosque la alimaña
creyéndose en Brasil y no en España.
Y porque no se viera su fiereza.
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.
Llegó por fin Caperu a mediodía
y dijo: “¿Cómo estás, abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!”.
“Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas”. “¡Abuelita,
qué ojos tan grandes tienes!. “Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista”, dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente,
Caperucita dijo: ¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!”.
el Lobo, estupefacto, dijo: “¡Un cuerno!
O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estás tomando el pelo…? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa”.
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revolver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.
Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque… ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un sobrepelliz
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.